Oh, mi corazón se vuelve delator...
Hay silencios que protegen y silencios que encubren.
Callar puede ser una forma de ganar tiempo, de ordenar lo ocurrido antes de convertirlo en palabras, de no perder energía dando explicaciones. También hay cosas que, si se cuentan demasiado pronto, quedan a merced de interpretaciones ajenas, y hay momentos en los que el silencio es la única manera de conservar algo de control sobre una situación.
El problema empieza cuando callar deja de proteger a quien no habla y empieza a beneficiar, de manera cada vez más evidente, a quienes necesitan sostener el silencio para que nada cambie.
El silencio suele presentarse como prudencia, madurez, discreción, respeto por la intimidad o cuidado de la información personal. Son palabras difíciles de discutir porque, en apariencia, todas remiten a conductas razonables.
Sin embargo, hay que observar a quién se le exige esa prudencia y quién obtiene ventajas concretas de ella. Al violento rara vez se le pide que modere sus actos; al que miente no se le recomienda discreción; al que invade límites no se le recuerda la importancia de la intimidad.
Pero cuando alguien decide contar lo que pasó, aparecen de inmediato las advertencias sobre el tono, la exposición, el enojo, la conveniencia de hablar en público y, por supuesto, la terapia, la cual abarca ese universo de profesionales dedicados a la salud mental que tanto tengo en mi estima cuando los recuerdo.
Todo ello para distraer de los hechos en sí y concentrarse en la decisión de nombrarlos.
Mientras tanto, quien ya tiene poder, acceso o una versión instalada sigue avanzando.
Entonces el silencio deja de ser una pausa estratégica y empieza a convertirse en una cesión.
Pero mientras yo callo, los otros hablan.
Ese es uno de los grandes engaños del silencio: creer que, si una no cuenta su historia, la historia queda suspendida.
Tal vez la pregunta no sea si hay que hablar o callar, sino para qué sirve cada cosa en un momento determinado. Conviene callar cuando responder solo alimenta una provocación, cuando todavía no existen elementos suficientes, cuando la emoción impide separar los hechos de las interpretaciones, cuando hablar expone innecesariamente la intimidad o entrega información a quien está esperando deformarla.
Pero conviene hablar cuando el silencio permite que otro construya la única versión disponible, cuando los hechos pueden probarse, cuando una conducta se repite, cuando los canales privados ya fracasaron, cuando una institución participa o se desentiende y, sobre todo, cuando callar empieza a poner en riesgo la propia libertad.
Durante mucho tiempo mantuve separadas la escritura de mi vida.
Una cosa eran mis ideas sobre la libertad, el poder y la identidad, y otra los conflictos concretos de mi existencia. Creía que podía escribir sobre esas cuestiones desde cierta distancia, como quien investiga un tema que todavía no la ha alcanzado por completo.
Pero en algún momento la vida empezó a corregir el manuscrito.
La libertad dejó de ser una idea abstracta y se convirtió en algo que debía defender.
La identidad dejó de ser una exploración personal y se convirtió en un patrimonio que otros pretendían arrebatarme.
Seguí leyéndome:
https://www.silvanamalacari.com/2026/08/como-desmantelar-una-bomba-atomica.html
https://www.silvanamalacari.com/2026/08/la-escritura-operativa.html
https://www.silvanamalacari.com/2026/08/escribir-es-un-acto-de-soberania-humana.html
https://www.silvanamalacari.com/2026/08/temporada-de-traiciones.html
https://www.silvanamalacari.com/2026/08/oh-mi-corazon-se-vuelve-delator.html
https://www.silvanamalacari.com/2026/08/argentina-sigue-viva-y-de-pie.html
https://www.silvanamalacari.com/p/quien-soy.html
https://www.silvanamalacari.com/p/mi-obra.html
