Oh, mi corazón se vuelve delator...
Hay silencios que protegen y silencios que encubren. Callar puede ser una forma de ganar tiempo, de ordenar lo ocurrido antes de convertirlo en palabras, de no perder energía dando explicaciones. También hay cosas que, si se cuentan demasiado pronto, quedan a merced de interpretaciones ajenas, y hay momentos en los que el silencio es la única manera de conservar algo de control sobre una situación. El problema empieza cuando callar deja de proteger a quien no habla y empieza a beneficiar, de manera cada vez más evidente, a quienes necesitan sostener el silencio para que nada cambie. El silencio suele presentarse como prudencia, madurez, discreción, respeto por la intimidad o cuidado de la información personal. Son palabras difíciles de discutir porque, en apariencia, todas remiten a conductas razonables. Sin embargo, hay que observar a quién se le exige esa prudencia y quién obtiene ventajas concretas de ella. Al violento rara vez se le pide que modere sus actos; al qu...